¿Por qué una persona desarrolla adicción a ciertas sustancias y a otras no?

“¿Por qué era incapaz de controlarlo mientras otros sí podían? ¿Por qué, si nunca me atrajo otra droga, el alcohol me atrapó?”. En la llamada mensual que tiene Marta con el Departamento de Seguimientos de Adictalia, escucha la reflexión de Verónica que, al principio, le cuesta aceptar: “La adicción no es cuestión de fuerza de voluntad ni de moralidad. Es una enfermedad que nace de la interacción entre el cuerpo, la mente y el entorno.”

Esa frase, tan simple como reveladora, abre una puerta distinta a la comprensión. Porque detrás de cada adicción hay una historia única: Una combinación de:

  • Genes
  • Emociones
  • Relaciones
  • Hábitos
  • Circunstancias

Estas variables hacen que una persona desarrolle adicción, por ejemplo, al alcohol, otra a la cocaína y otra al juego.

No se trata, por tanto, solo de la sustancia, sino de cómo el cerebro de cada individuo responde a ella. Mientras una droga puede despertar una sensación de alivio en unos, en otros genera ansiedad, rechazo o indiferencia.

Y es ahí donde surge la gran pregunta que muchos familiares, profesionales e incluso personas en tratamiento se hacen: ¿Por qué alguien puede volverse adicto al alcohol, pero no a la cocaína? ¿Por qué una sustancia engancha tanto a unos y a otros no?

Entiende la adicción: Del hábito al desarrollo de la enfermedad

A menudo confundimos hábito con adicción, pero diferenciar correctamente ambos términos es vital.

  • Un hábito es una rutina o costumbre que forma parte de nuestra vida diaria sin generar dependencia física ni emocional. Por ejemplo, tomar un café todas las mañanas puede ser un hábito porque aporta placer o energía, pero no provoca que la persona lo necesite para funcionar ni que su ausencia genere malestar intenso.
  • La adicción, en cambio, es una condición mucho más compleja. Implica una necesidad compulsiva de consumir una sustancia y una pérdida de control sobre el propio comportamiento. El adicto ya no decide libremente, es la sustancia quien determina su vida y toma las decisiones.

Al margen de esta diferenciación, un hábito puede evolucionar durante el tiempo y convertirse en una dependencia. Por eso, los profesionales médicos hablan de “tiempo” y de que esta enfermedad no aparece “de la noche a la mañana”. Sin embargo, cabe estar alerta y entender cuando es el momento de parar, si no queremos dar posibilidades a que la adicción controle nuestra vida.

Un ejemplo claro se observa en personas con problemas de alcohol: Al inicio, beber puede parecer solo un acto social, pero con el tiempo, el cuerpo y la mente buscan el alcohol para gestionar emociones, calmar la ansiedad o sentir bienestar.

Esta transición de un consumo controlado a uno compulsivo refleja cómo un hábito puede transformarse en adicción, afectando todos los aspectos de la vida del individuo.

La adicción implica una necesidad compulsiva de consumir una sustancia y una pérdida de control sobre el propio comportamiento

Factores que predisponen al consumo de ciertas sustancias

La enfermedad de la adicción no tiene una causa única; se desarrolla como resultado de múltiples condicionantes que interactúan entre sí. Por eso, los profesionales califican este trastorno mental como “biopsicosocial”. Es decir, La elección de alcohol, cocaína u otras drogas depende de factores genéticos, sociales y psicológicos.

  • Los factores genéticos influyen en la vulnerabilidad de una persona. Algunas presentan una predisposición a la adicción que hace que ciertas sustancias resulten más gratificantes para su cerebro. Por ejemplo, al efecto estimulante de la cocaína o al sedante del alcohol. Esta vulnerabilidad biológica no determina el destino de nadie, pero sí explica por qué alguien puede desarrollar dependencia a un tipo de sustancia y no a otra.
  • Los factores sociales también son determinantes. El entorno de familia, amigos y la cultura moldea la relación persona-sustancias. Por ejemplo, si creciste en un ambiente donde el alcohol forma parte de celebraciones o comidas familiares, es más fácil que su consumo se perciba como algo normal, incluso inevitable, y que esas conductas se interioricen desde la niñez.
  • En el tercer grupo están los factores psicológicos. Las personas con trastornos mentales como ansiedad, depresión o antecedentes de brotes psicóticos tienen un riesgo elevado de desarrollar adicciones, ya que pueden utilizar las sustancias para sobrellevar emociones difíciles o aliviar malestar psíquico.

Estos 3 condicionantes explican por qué dos personas expuestas a la misma sustancia pueden tener trayectorias muy distintas: Mientras una puede consumir esporádicamente sin problemas, otra puede caer en dependencia con mayor facilidad.

Cómo influye el tipo de consumo en la adicción

No todas las personas que prueban una sustancia desarrollan una dependencia. Es decir, el tipo de consumo influye en el desarrollo de la enfermedad.

Mientras que el consumo recreativo se caracteriza por la ingesta ocasional sin necesidad emocional o física, el consumo compulsivo implica una necesidad constante de consumir, pérdida de control y priorización del consumo sobre otras áreas de la vida. Esta transición marca la diferencia entre probar una droga y desarrollar dependencia.

La mezcla de drogas es un fenómeno común. Muchos consumidores comienzan con alcohol y, al buscar estimularse más o equilibrar los efectos sedantes, incorporan cocaína. El alcohol reduce la taquicardia y la excitación que provoca la cocaína, mientras que la cocaína contrarresta la sedación del alcohol.

Este intento de “equilibrio emocional y físico” aumenta significativamente el riesgo de policonsumo y complica tanto el tratamiento como la recuperación, ya que el organismo y el cerebro deben adaptarse a múltiples sustancias con efectos opuestos

El consumo simultáneo de sustancias no solo multiplica los riesgos físicos, como daño cardíaco, hepático o neurológico, sino que también intensifica el deterioro psíquico y conductual. La búsqueda de placer o alivio del malestar emocional se vuelve más intensa y difícil de controlar, generando cuadros de ansiedad, depresión y comportamientos impulsivos que afectan tanto al individuo como a su entorno familiar.

El cerebro aprende a asociar sustancias con emociones

El desarrollo de la adicción no solo depende de la sustancia en sí, sino también de cómo el cerebro aprende a asociarla con emociones.

Cada vez que una persona consume drogas, su cerebro registra la experiencia y la asocia con sentimiento como el placer, el alivio o la euforia. Así se crean «imágenes mentales» que relacionan situaciones concretas —como una fiesta, un momento de estrés o una reunión— con el consumo de alcohol, cocaína u otras sustancias. Esta asociación condiciona la elección de una droga específica y refuerza la necesidad de repetir el consumo.

Los neurotransmisores son clave en este proceso.:

  • Por un lado, la dopamina se activa con el placer.
  • Por otro, la serotonina ayuda a mantener el equilibrio emocional.

Cuando una persona busca consumir, lo que su cerebro realmente intenta es recuperar ese bienestar o aliviar emociones negativas, como la ansiedad o la angustia. Así, una droga se vuelve más atractiva para quien responde intensamente a sus efectos, lo que aumenta la dependencia.

Un ejemplo práctico: La cocaína y el alcohol producen efectos diferentes

Comprender cómo actúan distintas sustancias ayuda a explicar por qué algunas personas desarrollan adicción a ciertas drogas y no a otras. Dos ejemplos claros son el alcohol y la cocaína, cuyos efectos sobre el cuerpo y la mente son opuestos.

El alcohol es un depresor del sistema nervioso central. Quienes suelen abusar de su consumo son, a menudo, personas que atraviesan estados de depresión o malestar emocional no tratado. ¿Qué efectos buscan?

Principalmente, el consumo se orienta a aliviar tensiones, reducir la ansiedad o calmar el nerviosismo; también a facilitar la socialización, perdiendo la timidez y sintiéndose más desinhibidos en reuniones o fiestas; y, en muchos casos, a escapar de emociones dolorosas, enmascarando temporalmente la tristeza, el vacío o el estrés.

Aunque inicialmente produce relajación y euforia, con el tiempo, puede provocar neuropatía alcohólica, deterioro físico, cognitivo y alteraciones emocionales. Paradójicamente, su consumo continuado empeora la ansiedad y la depresión que originalmente se querían aliviar.

Este fenómeno se ve reforzado por lo que se conoce como cultura del alcohol, donde beber se asocia con ocio, celebración o pertenencia social. Esta normalización reduce la percepción del peligro y favorece la dependencia, haciendo que muchas personas no identifiquen su consumo como un riesgo hasta que es demasiado tarde.

Según la sensibilidad emocional y química de cada individuo, el cerebro prioriza unas sustancias sobre otras, reforzando la asociación emocional y acelerando el desarrollo de la adicción

Por otro lado, quienes consumen cocaína suelen buscar lo contrario que con el alcohol. La cocaína es un poderoso estimulante. Las personas que recurren a ella frecuentemente son aquellas que sienten la necesidad de sentirse llenos de energía, extremadamente seguros y mentalmente ágiles. Es común entre quienes enfrentan grandes exigencias laborales o sociales, personas con tendencia a la impulsividad, o aquellas que buscan escapar de una realidad que les abruma a través de la euforia y la autopercepción de poder.

¿Qué efectos busca la persona? Principalmente, un aumento inmediato de la confianza, la energía y la concentración. La cocaína crea la ilusión de ser más productivo, sociable e invencible, suprimiendo temporalmente necesidades básicas como el sueño o el hambre. Sin embargo, este estado es engañoso y efímero. Tras el subidón inicial, el cerebro sufre un «rebote» o crash neuroquímico, donde los niveles de dopamina se desploman. Esto genera un malestar profundo, fatiga extrema, ansiedad y un intenso craving o deseo de consumir nuevamente para recuperar esa sensación de poder.

Así, se establece un círculo vicioso: Se consume para sentirse capaz y enérgico, pero el efecto de rebote deja a la persona más agotada y con peor estado de ánimo que antes. 

Ambos, sin embargo, comparten una misma raíz: La dependencia y la dificultad para dejar de consumir a pesar de las consecuencias.